La crisis en el Medio Oriente añade más incertidumbre a la economía dominicana. El encarecimiento del petróleo y de otras materias primas presionará al alza la inflación importada, un canal que ha demostrado ser sensible para países dependientes de insumos externos. El aumento en los costos internacionales se reflejará en el Índice de Precios al Consumidor, lo cual complicará la tarea del Banco Central de mantener la variación de precios dentro del rango meta establecido.
En ese contexto, el Banco Central se verá obligado a maniobrar con mayor cautela. Por un lado, deberá evitar el deterioro del anclaje de las expectativas de inflación. Por otro lado, tendrá que reconocer que el margen para estimular la economía será más estrecho. La combinación de precios más altos del petróleo, condiciones financieras internacionales menos favorables y un entorno global incierto implica que el crecimiento económico de 2026 será, con alta probabilidad, inferior al previsto antes de este nuevo choque externo.
El impacto final dependerá en gran medida de la duración del conflicto. Si la guerra se limita en el tiempo, los efectos sobre los precios internacionales podrían moderarse relativamente rápido. La economía dominicana absorbería el choque de oferta sin desviaciones significativas respecto a su trayectoria de mediano plazo. Pero si el conflicto se prolonga, las repercusiones serían más profundas: no solo aumentaría la presión inflacionaria, sino que también podrían verse afectados los ingresos de divisas por remesas y turismo, dos pilares fundamentales de la estabilidad macroeconómica del país.
En definitiva, la República Dominicana enfrenta un escenario que exige prudencia, flexibilidad y una comunicación clara por parte de las autoridades económicas, en un momento en que los riesgos externos vuelven a recordar la fragilidad del entorno global.