Opinión

República Dominicana necesita más pacificadores

Ayer, alrededor de las 6:20 de la tarde, en plena hora pico, viví una escena cotidiana en el Metro que terminó dejándome una reflexión menos común de lo que debería.

En la estación Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, mientras decenas de personas bajábamos para hacer el transbordo, alguien que esperaba afuera intentó entrar al vagón sin respetar el flujo de salida. En el intento, chocó y empujó a un pasajero que salía justo delante de mí.

La reacción fue inmediata. El empujón fue devuelto con más fuerza. Luego vino otro. Y en cuestión de segundos, lo que comenzó como un roce típico de hora pico estaba a punto de escalar a un conflicto mayor.

Intervine casi por instinto. Puse el brazo entre ambos y pedí calma. No entré a discutir quién tenía la razón —aunque era evidente—, solo insistí en algo simple: tranquilidad.

El momento se disolvió tan rápido como comenzó.

De camino, recordé un pasaje bíblico del evangelio de Mateo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Reina Valera 1960).

Y pensé en lo lejos que estamos, como sociedad, de vivir esa idea.

En un contexto donde no es extraño ver cómo conflictos menores escalan a violencia —desde discusiones en la calle hasta hechos mucho más graves—, la capacidad de contener, mediar y enfriar situaciones parece cada vez más escasa.

No todo puede recaer en las autoridades. Pretender que el Estado intervenga en cada fricción cotidiana es poco realista. Hay un espacio que inevitablemente le corresponde al ciudadano.

Ser pacificador no implica heroicidad. A veces basta con un gesto, una palabra a tiempo, una decisión consciente de no escalar el conflicto, incluso cuando se tiene la razón.

Quizás en ese momento evité algo mayor, o quizás no habría pasado de ahí. Pero la pregunta permanece:

Cuando la tensión suba, cuando el conflicto esté a punto de estallar, ¿habrá alguien dispuesto a intervenir para evitarlo?

Porque mañana podrías ser tú. O alguien cercano a ti.

Y en ese instante, un pacificador puede marcar toda la diferencia.

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