Opinión

Los emprendedores públicos: ¿impulso estatal o dependencia estructural?

Los emprendedores públicos en la República Dominicana crean un nuevo modelo de control y regulación estatal sobre la innovación.
Los emprendedores públicos en la República Dominicana crean un nuevo modelo de control y regulación estatal sobre la innovación.

En la República Dominicana, ha surgido una figura que merece ser analizada con detenimiento: los emprendedores públicos. Aunque el término puede sonar contradictorio, describe una realidad preocupante: iniciativas donde el Estado no solo impulsa el emprendimiento, sino que lo controla, regula y condiciona, creando lo que llamo un «feudalismo digital».

Un sistema donde unos pocos señores tecnológicos controlan el acceso a los recursos estatales, mientras el resto de los innovadores observan desde fuera de las murallas. Y aunque esta dinámica genera victorias puntuales que seducen, está produciendo efectos secundarios que amenazan el futuro tecnológico del país.

La ilusión de las islas de excelencia

El concepto nace de la intención del Estado de ser un catalizador del emprendimiento tecnológico, especialmente donde el sector privado no tiene la fuerza suficiente para desarrollar por sí solo un ecosistema robusto. Entonces el gobierno interviene, diseña estrategias, asigna recursos y crea lo que llamo “islas de excelencia”.

Por ejemplo, la Estrategia Nacional para la Promoción de la Industria de Semiconductores (ENFIS), que busca aumentar en un 50% los graduados en STEM para 2030 y establecer zonas francas especializadas. Iniciativas como esta han atraído inversiones importantes, como el centro de I+D de Eaton Corporation en Santo Domingo, valorado en 3 mil millones de dólares.

Pero esto, aunque loable, es solo una parte de la historia. Estas victorias parciales seducen, porque generan la impresión de que todo está mejorando. Sin embargo, cuando observamos el ecosistema en su totalidad, queda claro que muchos segmentos siguen completamente desconectados. Es como armar un Ferrari en un país sin carreteras: luce bien, pero no va a ningún lado.

Una narrativa engañosa

Estamos celebrando logros puntuales mientras el sistema completo permanece estancado. Esta narrativa parcial crea una ilusión de progreso que impide cuestionar las desigualdades profundas del modelo. Las convocatorias, los fondos, los espacios de visibilidad… tienden a girar en torno a los mismos actores. Se reciclan los nombres, las instituciones, los consultores. Esto produce un ecosistema viciado, donde el mérito o la innovación real quedan en segundo plano frente a las conexiones.

El feudalismo digital: un castillo moderno en el que unos pocos señores tecnológicos controlan el acceso a los recursos estatales, mientras el resto de los innovadores observan desde fuera de las murallas.

La paradoja de la inversión

En vez de invertir en un sistema integral, seguimos apostando por estructuras visibles que generan titulares. Infraestructura física, edificios inteligentes, hubs… pero el capital humano, la educación y la investigación siguen recibiendo lo mínimo.

Un ejemplo: en 2024, la inversión proyectada en inteligencia artificial fue de apenas US$10 millones. Eso representa menos del 0.015% del PIB nacional. Es como pretender lanzar una nave espacial con el presupuesto de una bicicleta. Con estos niveles de inversión, no dejaremos de ser consumidores de tecnología; jamás daremos el salto a crearla.

Este desbalance genera un espejismo: parece que avanzamos, pero estamos corriendo en una caminadora. Y uno de los síntomas más evidentes de ese agotamiento estructural es la fuga de cerebros.

Este desbalance no solo genera un espejismo de progreso, sino que produce una consecuencia aún más grave: expulsa precisamente a quienes más necesitamos. Cuando un sistema prioriza la infraestructura visible sobre el desarrollo humano, el talento busca espacios donde pueda florecer. Y esos espacios, cada vez más, están fuera de nuestras fronteras.

Talento invisible y ecosistema excluyente

Hoy, cientos de profesionales dominicanos formados local e internacionalmente están trabajando para empresas extranjeras, desde sus hogares o en el exterior, porque aquí no encuentran oportunidades. Peor aún: cuando algunos intentan regresar, se topan con un sistema que les exige volver a conectarse políticamente para poder aportar. Se les exige convertirse en proveedores del Estado.

En vez de recibirlos con un entorno flexible y competitivo, les preguntamos: “¿A quién conoces en el Ministerio?”

Eso no solo es frustrante, es una pérdida enorme para el país. Nos convierte en una nación de gestores, no de emprendedores.

Pero el problema va más allá de la distribución de recursos. La mentalidad misma de nuestras instituciones sigue anclada en paradigmas del siglo pasado.

Un país de papel en la era digital

Nuestra mentalidad institucional sigue anclada en el papel. Aunque hablamos de digitalización, muchos procesos aún requieren documentos físicos, firmas a mano y validaciones presenciales. Esto crea fricción, y la fricción es el enemigo de la innovación.

A esto se suma una estructura fiscal que penaliza la digitalización. El software en la nube se considera una importación y puede ser gravado hasta en un 40%. ¿Cómo pueden competir las pymes en estas condiciones? Es una carrera cuesta arriba donde solo sobreviven los grandes.

Estrategias sin escucha

La elaboración de estrategias digitales en el país, como la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, ha carecido de consulta profunda. Se redactan documentos entre pocos actores, sin involucrar al ecosistema completo: universidades, pymes, ciudadanía. Eso genera fragmentación, baja producción científica, poca creación de patentes y nula colaboración real.

Basta ver el Índice Global de Innovación: en 2020, ocupábamos el puesto 90. En 2024, caímos al 97. Nuestra peor posición en más de una década.

Cinco rutas para el cambio

Frente a este panorama, propongo cinco líneas de acción para corregir el rumbo:

  1. Reequilibrar las inversiones, priorizando capital humano sobre cemento.
  2. Democratizar el acceso a fondos, visibilidad y formación.
  3. Fortalecer la gobernanza de datos, con sistemas abiertos y transparentes.
  4. Fomentar colaboración multisectorial real, no solo en papel.
  5. Modernizar marcos legales y fiscales para que no penalicen la innovación.

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La iniciativa secuestrada

Hace poco, un colega —coach dentro del ecosistema local— me compartía su preocupación por el debilitamiento del circuito de eventos de emprendimiento. Aunque hay necesidad en el mercado, hay una parálisis preocupante. La gente espera. Espera que “alguien más se mueva”, que llegue el próximo fondo, el siguiente hackathon gubernamental.

El problema no es que el Estado participe. El problema es que lo haga de forma centralizadora, perpetuando la lógica de dependencia.

No más castillos, necesitamos puentes

Repensar el modelo no significa destruir lo existente, sino corregir el rumbo. Se trata de que el Estado pase de ser protagonista a ser articulador. Que cree condiciones, pero no imponga rutas únicas.

La innovación no nace de la dependencia, sino de la autonomía. No surge en silencio, sino en comunidad.

Y no se activa con discursos, sino con decisiones.

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Tres preguntas para la acción

Si eres emprendedor o innovador que ha sentido las puertas cerradas: ¿qué pasaría si, en lugar de esperar fondos gubernamentales, crearas alianzas directas con otros emprendedores? ¿Si validaras tu modelo con mercados internacionales mientras construyes desde aquí?

En caso de que trabajes en una institución con poder de decisión: ¿cómo puedes abrir procesos de participación real, más allá de los consultores de siempre? ¿Qué fricción innecesaria puedes eliminar esta semana?

Si formas parte del talento que ya emigró o piensa hacerlo: ¿existe una forma de contribuir al ecosistema local sin regresar físicamente? ¿Puedes ser mentor, invertir o colaborar desde dónde estás?

El futuro tecnológico de nuestro país depende de las políticas, sí. Pero también de nuestras decisiones cotidianas. Desde compartir conocimiento, hasta abrir oportunidades, hasta cuestionar lo establecido.

La invitación es clara: no aceptemos como inevitable lo que solo es habitual. El cambio no vendrá de arriba hacia abajo, sino de múltiples iniciativas simultáneas que demuestren que otro modelo es posible.

Porque al final, la verdadera disrupción no es tecnológica. Es cultural. Acompáñame cada martes a partir de las 8pm en Martes Tecnológico, a través de CDN Radio (92.5FM) para continuar con esta conversación.

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