Estilos de vida

Los cambios de paradigma en la industria hotelera

En el mundo de la inversión inmobiliaria, la palabra «pasiva» se usa con bastante ligereza. Se habla de renta pasiva para describir el alquiler de un departamento, pero cualquiera que lo haya hecho sabe que de pasivo tiene poco: hay que conseguir inquilinos, firmar contratos, cobrar, atender reparaciones, cubrir períodos de vacancia y, cuando algo falla, resolverlo. El ingreso llega, sí, pero a cambio de una gestión que rara vez se detiene.

Esa brecha entre la idea de inversión pasiva y su realidad cotidiana explica por qué muchos ahorristas, sobre todo profesionales y ejecutivos con poco tiempo, terminan frustrados con el ladrillo tradicional. Quieren exposición al inmueble, un activo tangible, conocido, que históricamente protege frente a la inflación, pero no quieren un segundo trabajo.

De ahí el crecimiento, en distintos mercados, de los modelos de operación delegada y «llave en mano», donde una empresa especializada se ocupa de todo y el propietario solo recibe su parte. El condohotel es la versión más acabada de esa lógica: el dueño de la unidad no se preocupa por la administración, que corre por cuenta del operador hotelero, encargado del mantenimiento, la promoción y la ocupación.

El modelo

Sobre esa pregunta construyó su propuesta Israel Alexis Zaballa López. El modelo lleva la idea de inversión pasiva hasta su forma más literal: el inversor compra una habitación escriturada a su nombre y, a partir de ahí, no toma ninguna decisión operativa. La operación del hotel queda íntegramente en manos de Wyndham, que gestiona reservas, personal, marketing, distribución internacional y mantenimiento. El propietario, en los hechos, solo cobra.

«El inversor no tiene que ocuparse de inquilinos, mantenimiento, cobranza, rotación ni administración diaria», suele explicar Alexis Zaballa al describir la diferencia con el real estate convencional.

El esquema de pago refuerza esa lógica de simplicidad. La compañía abona un rendimiento del 8% anual fijado por contrato, pagado de forma anual durante la etapa de construcción y trimestral una vez que el hotel entra en operación. El primer caso concreto es el Ramada Airport de Asunción, en funcionamiento desde junio de 2025, donde los inversores ya perciben ese rendimiento sin haber intervenido un solo día en la operación del hotel.

Conviene dimensionar todo lo que esa delegación implica. Operar un hotel no es alquilar una habitación: supone gestionar canales de reserva nacionales e internacionales, revenue management para ajustar tarifas según la demanda, contratación y capacitación de personal, mantenimiento preventivo, control de costos energéticos, estándares de limpieza y servicio, y el cuidado constante de la reputación online.

Manual operativo

Cada una de esas tareas, que para un propietario individual sería inabordable, queda dentro del manual operativo de una cadena con presencia global. El inversor no ve esa maquinaria; solo percibe su resultado en forma de renta. Esa invisibilidad de la operación es, en rigor, el verdadero producto que vende el modelo: no una habitación, sino el hecho de no tener que ocuparse de ella.

Hay un punto que conviene subrayar, porque distingue este modelo de un simple «déjelo en nuestras manos». La delegación no implica perder la propiedad: la habitación sigue siendo del inversor, con su escritura pública, transmisible y heredable. Lo que se delega es la operación, no el activo.

La distinción no es menor en una región donde abundan las propuestas que prometen pasividad y entregan trabajo. Una inversión verdaderamente pasiva no se define por el discurso, sino por la estructura: por quién se hace cargo de la operación cuando el hotel tiene que funcionar todos los días, responder reseñas, sostener ocupación y cuidar la marca. En el modelo que impulsa Alexis Zaballa, esa carga recae sobre Wyndham y sobre la compañía operadora, no sobre el comprador.

Como en todo, la contracara es que el inversor delega también el control: confiar la operación a un tercero exige confiar en ese tercero y en la solidez de quien firma el contrato de rendimiento. Por eso, incluso en el modelo más pasivo, la parte activa nunca desaparece del todo: ocurre al principio, en la decisión de entrar. Y en la elección de a quién confiarle lo que viene después.

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