El exsecretario ejecutivo de la CIDH Emilio Álvarez Icaza ve «irónico» que la presidenta suspendida de Brasil, Dilma Rousseff, acuda a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos después de «atacarla» y alerta de México como una «amenaza» para el ente.
«Cuando llegué a la CIDH (2012), Brasil era uno de los países más fuertes atacando a la Comisión porque esta había emitido una medida cautelar sobre la presa de Belo Monte, que era como el proyecto insignia de Rousseff», explica este miércoles en una entrevista en Washington tras dejar el lunes el liderazgo de la CIDH.
«Es tan irónico -prosigue- si a mí me hubieran dicho, oye mira, en cuatro años, esta que es la mayor amenaza te va a pedir cautelares, yo les hubiera dicho ‘ya no fumen esto que están fumando'».
La semana pasada, el Partido de los Trabajadores (PT) presentó una denuncia y pidió medidas cautelares (protección) a la Comisión para frenar el proceso de destitución de Rousseff, algo sobre lo que el organismo aún no se ha pronunciado.
Álvarez Icaza considera este paso «absolutamente irónico» después de que Rousseff, tras las medidas cautelares de Belo Monte, retirara a su embajador en la OEA, dejara de aportar fondos al organismo (al que aún debe más de 20 millones de dólares) y retirara a su candidato a la Comisión, una situación ahora ya normalizada.
El caso del proceso de Rousseff en la CIDH llega justo en el momento de transición a un nuevo secretario ejecutivo, precisamente el primer brasileño en ocupar el cargo en los 56 años de historia de este órgano autónomo de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Abrão, de 41 años, fue secretario nacional de Justicia bajo el mandato de Rousseff y, desde 2007, preside la Comisión de Amnistía de Brasil, el órgano de políticas de reparación y memoria para las víctimas de la dictadura brasileña.
Su predecesor reconoce que «hay un debate público sobre la nacionalidad» de Abrão en este caso, pero asegura que los ciudadanos «pueden tener la garantía de que no hay una intervención específica porque el secretario sea de Brasil o haya trabajado con Dilma».
El secretario ejecutivo de la CIDH, la «cara visible» del ente, sí puede participar en los temas de su país de origen, a diferencia de los siete comisionados, porque no tiene voto en la toma de decisiones.
Álvarez Icaza sabe en primera persona lo que es afrontar un caso delicado de su país de origen, ya que durante su mandato la Comisión tuvo duros choques con el Gobierno mexicano a raíz de las denuncias del ente sobre la «crisis interna de derechos humanos» y las críticas de su grupo de expertos a la investigación oficial del caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en 2014.
«Pareciera que México es el nuevo Venezuela en términos de aproximación a la Comisión. No encuentro mucha diferencia en la sustancia, (…) la posición sustantiva es la misma que la de Venezuela», afirma.
«Cuando llegué (2012) -prosigue-, México era un gran aliado de la Comisión. Ahora empieza a jugar un rol de amenaza. Creería que no solo ha cambiado con la Comisión, sino también con otros organismos de derechos humanos», apunta.
El mexicano considera que «Venezuela ya no es tan agresiva» con la Comisión «porque pesa la ausencia del fallecido presidente Hugo Chávez y porque la crisis del país es mucho peor ahora».
Álvarez Icaza, que regresa esta misma semana a su país, considera que el Gobierno mexicano se equivoca en el diagnóstico. «No hay una crisis de imagen, hay una crisis de derechos humanos», subraya.
De la CIDH, a la que ha dedicado los últimos cuatro años, se va satisfecho porque llegó «en una situación mucho más crítica donde la Comisión estaba en riesgo» y la deja «mucho más fortalecida».
Su decisión de no optar a la reelección y regresar a México se debe, en parte, a motivos personales. «Quiero un matrimonio que dure más que este cargo», confiesa.
Pero también pesó su deseo de concentrar esfuerzos en un solo país, el suyo, y no en 35 como hasta ahora.
«Regreso a reconectarme, voy a tomarme hasta final de año para ello. No es prudente regresar de fuera a raquetazo limpio, hay que escuchar, reconstruir proyectos. Pero seguiré en democracia y derechos humanos, que han sido mis grandes apuestas, no solo profesionales sino de vida», se despide.