En los últimos años, el matcha ha dejado de ser simplemente un té japonés para convertirse en un símbolo de sofisticación, autocuidado y estatus en las redes sociales. Su vibrante color verde, su presentación artística y la forma en que es promovido por influencers, celebridades y marcas de estilo de vida han convertido al matcha en una bebida altamente performativa. Pero, ¿qué significa realmente eso?
El término “performativo” hace referencia a acciones que no solo comunican algo, sino que crean una impresión o envían un mensaje. Beber matcha, especialmente en contextos públicos o redes sociales, se ha transformado en un ritual estético: desde el espumoso latte servido en tazas de cerámica minimalista, hasta el video con música lo-fi del proceso de batido con chasen (el batidor de bambú tradicional).
Tomar matcha se vuelve así una forma de proyectar una identidad: saludable, consciente, refinada y alineada con tendencias culturales como el minimalismo, el wellness y lo eco-friendly.
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El “aesthetic” detrás del polvo verde
Parte del atractivo del matcha está en su apariencia. Su color verde intenso, su textura cremosa y su presentación en ambientes armónicamente diseñados encajan perfectamente con la lógica visual de Instagram, Pinterest y TikTok. Más que una bebida, es un accesorio visual, parte del “outfit del día” o de la rutina matutina idealizada.
Status simbólico
Consumir matcha también puede verse como un marcador de estatus. A menudo, se asocia con productos orgánicos, importaciones japonesas, cafeterías de autor y estilos de vida que priorizan lo natural, lo saludable y lo exclusivo. Elegir matcha por encima del café tradicional puede implicar un mensaje sutil: “yo elijo bienestar sobre productividad frenética”.
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¿Es malo que sea performativo?
No necesariamente. La performatividad del matcha no invalida sus beneficios reales: es rico en antioxidantes, contiene L-teanina (que promueve la concentración) y tiene menos cafeína que el café, lo cual lo hace una excelente opción para quienes buscan equilibrio y energía estable. Pero reconocer su dimensión simbólica ayuda a entender por qué se ha convertido en un fenómeno cultural, no solo en una moda gastronómica.