Un sacerdote italiano cuelga los hábitos para casarse con su novio en Gran Canaria

Era un sacerdote ejemplar

Hasta hace poco Giuliano Costalunga, de 48 años, era un sacerdote ejemplar. Así le recuerdan los feligreses de Selva di Progno e Giazza, un pequeño pueblo de apenas mil habitantes al norte de Verona. Algunos de ellos acudieron como testigos a su boda, el pasado mes de abril en Gran Canaria, donde vive desde el 2017 con su ya marido, Paolo, apoyados por sus respectivas familias y amigos cercanos.

La historia, de película, empezó de manera muy sencilla. Giuliano y Paolo se conocieron en el hospital San Raffaele de Milán, donde el primero se recuperaba de un cáncer y el segundo, originario de Nápoles, acudía a una revisión rutinaria. Allí charlaron y nació una bonita amistad. “Nos seguimos conociendo, las familias se quisieron y poco a poco la relación se hizo más fuerte hasta que en el 2015 me di cuenta que no era sólo amistad”, asegura Costalunga a la televisión de Verona.

El pasado 8 de febrero decidió dar el paso y mandar una carta al obispo de Verona, Giuseppe Zenti, donde le pedía que le dispensase de la vida clerical para poder casarse con Paolo como cualquier persona laica. Eligieron España, explica, no para huir del chismorreo de Italia, sino porque la Ley aquí reconoce el matrimonio homosexual, mientras la italiana sólo lo ve como una unión civil. “Paolo y yo somos marido y marido con la misma dignidad y los mismos efectos que un matrimonio heterosexual”, celebra Costalunga.

El asunto ha sentado muy mal en la diócesis de Verona, hasta el punto de que el obispo lo ha definido como una “dolorosa situación de familia”. Según contó a los fieles de Selva di Progno e Giazza, en unas precisiones recogidas por el diario de la diócesis de Verona, para él Costalunga sigue siendo Don Giuliano y no Julián, como le conocen sus amigos en Gran Canaria, porque “no pueden considerarle todavía su sacerdote”.

Según el obispo, una vez ordenado sacerdote se es de por vida, y el fin del estatus clerical no compete a la diócesis sino a la Santa Sede. De momento, él le ha prohibido celebrar sacramentos en público o en privado, y le ha solicitado que haga esta reclamación por escrito al Vaticano.

El obispo Zenti cuenta que hace tres años Costalunga le pidió dejar la parroquia por motivos de salud y él le encargó a que ayudase en otras comunidades, pero su colaboración fue “escasa”. “Se ausentaba por largos periodos. Al final mis colaboradores me sugirieron suspenderle momentáneamente del apoyo del clero”, dice Zenti. Cuando vió que no llegaban los 900 euros, según la versión del obispo, es cuando decidió mandarle la carta explicando que quería abandonar el sacerdocio. “Me habían llegado repetidas voces que entre él y Paolo, que vivía con Don Giuliano, se notaba una cierta afectividad equívoca. Muchas veces le pregunté confidencialmente si había algo de verdad. Siempre me lo negó todo, y yo confiaba en él”, explica Zenti ante las críticas de grupos como los neofascistas de Forza Nuova, que piden su dimisión.

De momento, Giuliano y Paolo tratan de vivir ajenos a la polémica en Gran Canaria e intentan integrarse en un lugar donde por fin se sienten libres. “He vuelto a ser un simple laico profundamente enamorado de la fe y de Dios. A mi marido se lo digo siempre, yo le amo pero adoro a Dios. Rezamos juntos y le amamos juntos, y esto me ayuda a seguir adelante”, concluye Costalunga.

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