El régimen político dominicano ha iniciado un acelerado y desesperante proceso de putrefacción que  tiene un ente catalizador, el hartazgo social de un segmento importante de la población, en un ambiente de pluralidad convergente que busca el descredito de una clase política que ha incurrido en casos de corrupción astronómicos. La movilización reciente denominada “Marcha contra la impunidad” implica un punto de inflexión que rompe la inercia de sectores comúnmente apolíticos y puede tener consecuencias inesperadas.

Hemos establecido de que la crisis es sistémica, no obedece a un proceso de un partido en particular sino que el régimen político esta caduco y eso implica que una masa crítica no ha producido el relevo generacional que pueda dar al traste con una nueva orientación a lo que hoy vivimos, una situación aciaga. El sistema de partidos esta corrompido desde la raíz, los  actores dominantes presentan una gerontocracia asfixiante, las tendencias antagónicas se afianzan en un modelo de liderazgo mesiánico, disfuncional y poco ético. No se ha podio balancear la ecuación de la alternancia porque la crisis de partidos políticos se le han buscado soluciones cosméticas. Se necesita abolir el andamiaje regulador que no ejerce una labor tutelar con eficiencia, el predominio de elites rapaces y cúpulas sin dinámica democrática, por una renovación profunda e institucional con tintes pragmáticos modernos.

Haciendo un análisis pormenorizado, la presión que ejercen los nuevos liderazgos en los partidos políticos se desalienta cuando pacto ocultos, ratifican y blindan el mal llamado liderazgo actual. Sin ser organizaciones orgánicas son entelequias anacrónicas que se activan para ejercer una labor meramente electoral. Se mantiene una confrontación perpetua y nada propositiva.

Se debe revitalizar la política para renovar el sistema de partidos  porque el colapso implicaría una tenebrosa opción populista y la única vía es un relevo democrático con actores nuevos. Un nuevo orden que abra un camino constructivo. Para transformar la política se necesita de una renovación de liderazgos que prediquen la honestidad, cualificados en el manejo del Estado y que produzcan los cambios estructurales que el país de hoy demanda.

La marcha contra la impunidad no debe ser un espacio efervescente que permita los procesos de legitimación y cohesión  sino una energía de motivación a un segmento sin vocación política para que participe de manera activa porque el resultado no puede circunscribirse a una exigencia especifica con un efecto poco duradero sino más bien que sea un instrumento vital para exigir garantía de derechos, transparencia y mejores condiciones de vida. Abolir el régimen necesita de un esfuerzo superior que no sea contaminado con los dirigentes de una partidocracia anquilosada en las malas prácticas, es desde los partidos, apostar a una generación productiva y nueva. Apoyar una clase dirigente con compromiso ético tanto en el PLD, PRM, PRD, PRSC y fuerzas emergentes.

Es el primer eslabón para construir una república que sea fraterna y amorosa. Que enarbolemos un cambio que trascienda las barreas de lo que hoy conocemos hacia un alcance de otras dimensiones en lo social como en lo económico, es desatar la reserva de energía cuantiosa para un nuevo pacto social que garantice la supervivencia de las instituciones que aunque son imperfectas, desarrollen acciones que beneficien a los ciudadanos. Que pasemos del país de un solo partido, de una oposición de melancolía,  al país de todos los dominicanos. Esta panacea, más temprano que tarde deberá pasar por el bien de la República.