En el corazón de Santo Domingo, la vida cotidiana de cientos de familias transcurre a escasos metros del descanso eterno. Para muchos residentes de sectores cercanos a los cementerios Cristo Redentor y Cristo Rey, la vista desde sus ventanas no es un parque ni una calle transitada, sino cruces, panteones y tumbas que forman parte de su paisaje diario.
Aunque los cementerios están concebidos como espacios destinados a la inhumación y al recuerdo de los difuntos, sus alrededores se han convertido, por décadas, en zonas de asentamiento improvisado para familias de escasos recursos que, ante la falta de vivienda asequible, levantan sus hogares sin planificación ni permisos formales.
Estas áreas, que según la normativa deberían fungir como zonas verdes externas del camposanto, han pasado a ser residencias permanentes. En la República Dominicana, la Ley 214-43 sobre cementerios establece que la administración y supervisión de estos espacios recae en los ayuntamientos, a través de las direcciones de Servicios Públicos. Sin embargo, en la práctica, la expansión de viviendas en sus inmediaciones ha sido una realidad tolerada con el paso del tiempo.
Una vida marcada por el cementerio
Uno de estos casos es el de Juan Carlos Girón Trinidad, conocido popularmente como “Carlos Cementerio”, un joven barbero de 30 años que vive pegado a la verja perimetral del cementerio Cristo Redentor, en la zona de Villa María, Pantoja. Las limitaciones económicas lo llevaron a aceptar una habitación en alquiler en ese lugar, cuando iniciaba su emprendimiento de barbería.
Para Carlos, el cementerio no representa miedo, sino tranquilidad. Asegura que el silencio nocturno y la ausencia del ruido urbano le permiten reflexionar y mantenerse alejado de la calle. Su estilo de vida se ha visto tan influenciado por el entorno que ha decorado su vivienda con símbolos relacionados con la muerte. Carlos lleva tatuajes alusivos al cementerio y comparte su día a día en redes sociales.
Además, dice ofrecer ayuda desinteresada a familiares de fallecidos que viven en el extranjero, orientándolos para localizar tumbas y verificar su estado, sin cobrar por ello.
Creencias, mitos y experiencias
Los testimonios de residentes cercanos a los camposantos incluyen relatos de experiencias paranormales, creencias populares y rituales atribuidos a la brujería, especialmente durante la noche. Aunque estas historias forman parte del imaginario colectivo, los vecinos coinciden en que prefieren convivir con los muertos antes que con la inseguridad y el caos de otros entornos urbanos.
En el cementerio de Cristo Rey, decenas de casas y pequeños negocios también se levantan pegados a la verja. Allí vive desde hace más de 30 años Ventura López, conocida como Doña China. Doña China asegura sentirse más tranquila junto a los muertos que cerca de personas que puedan hacerle daño. Pese a relatar experiencias inexplicables, afirma que no se mudaría, pues valora vivir dentro del Distrito Nacional.
Riesgos para la salud y advertencias
Especialistas advierten que vivir cerca de un cementerio puede conllevar riesgos ambientales y sanitarios. Esto principalmente por la posible contaminación de aguas subterráneas y la proliferación de roedores y otros vectores, si no existe un mantenimiento adecuado.
El infectólogo Héctor Balcácer explica que en República Dominicana el riesgo es menor debido al uso generalizado de féretros, lo que reduce el contacto directo de los cuerpos con la tierra. Sin embargo, señala que la acumulación de residuos orgánicos, flores y ofrendas puede atraer insectos y animales transmisores de enfermedades, afectando a las viviendas cercanas.
A pesar de las advertencias y de anuncios ocasionales de posibles desalojos por parte de las autoridades municipales, muchas familias continúan eligiendo estos espacios para vivir. Estas decisiones están impulsadas por la necesidad y la falta de alternativas habitacionales.
Mientras tanto, la convivencia entre la vida y la muerte sigue siendo una realidad cotidiana en varios puntos de Santo Domingo.
Por: Rosanna Morillo