Hawkins, en Indiana, es el escenario central de Stranger Things y uno de los pilares de su universo, casi tan importante como sus propios protagonistas. Pero los fanáticos que sueñan con caminar por las mismas calles de la serie descubren pronto una sorpresa: Hawkins no existe… al menos no con ese nombre ni en ese lugar.
El verdadero pueblo está en Georgia, se llama Jackson y tiene apenas 5,000 habitantes.
Se encuentra en una zona boscosa a una hora de Atlanta y, aunque no siempre fue pintoresco, hoy se ha convertido en un punto de peregrinación para viajeros de todo el mundo.
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Durante años, Jackson enfrentó problemas serios: comercios vacíos, poca actividad económica y un ambiente golpeado por la adicción a las drogas. Su centro parecía detenido en el tiempo, y no precisamente por estética retro. Pero la llegada de Stranger Things lo cambió todo.
“Muchas de las tiendas de los alrededores estuvieron vacías por casi una década”, recuerda Hannah Thompson, propietaria de una tienda de souvenirs inspirados en los años 80 y guía de tours basados en las locaciones de la serie.
Hoy, ese mismo lugar luce distinto: negocios reabiertos, visitantes constantes y un renovado sentido de identidad comunitaria. Impulsado por el fenómeno de Netflix que convirtió a Jackson en el hogar real —y muy visitado— del misterioso Hawkins.