La inflación es el peor de los impuestos, pues su incidencia recae en mayor medida sobre la población de menores ingresos. En una democracia, el alza sostenida de los precios suele provocar la sustitución de unos gobernantes por quienes prometen recuperar la estabilidad de precios.
Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976, sostiene que “la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”. Según esta tesis, la causa principal de la inflación persistente radica en un manejo inadecuado de la política monetaria, reflejado en un exceso de dinero en circulación.
Aun cuando los choques de oferta (guerras, epidemias o catástrofes naturales, aumento de los precios del petróleo) pueden desencadenar subidas generalizadas de precios, estas son transitorias y solo perduran en el tiempo cuando el crecimiento de la oferta monetaria es superior al de la producción de bienes y servicios.
La evidencia empírica confirma que el control político del banco central constituye un paso decisivo hacia la pérdida de la estabilidad de precios.
Los mandatarios, que no respetan la restricción presupuestaria, según la cual el Estado no puede gastar siempre por encima de lo que recauda, pretenden financiar el déficit público crónico a través de la impresión de dinero.
Ello significa que, cuando los ingresos tributarios y la emisión de deuda pública no generan suficientes recursos para cubrir el total de gastos, el gobierno recurre al impuesto inflacionario.
A partir del uso de ese tipo de financiamiento, comienza el deterioro sostenido del poder adquisitivo de los ingresos de la población, en particular, la de menos recursos, empeorando las condiciones de vida de manera significativa.