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La ventana de oportunidad

La ventana hacia la soberanía tecnológica en República Dominicana: un análisis del entusiasmo y los retos que enfrenta el país.
La ventana hacia la soberanía tecnológica en República Dominicana: un análisis del entusiasmo y los retos que enfrenta el país.

En República Dominicana estamos viviendo una fase inédita de entusiasmo tecnológico. En apenas dos años, el país ha declarado los semiconductores como prioridad nacional, firmado memorandos con corporaciones globales y presentado estrategias que prometen convertirnos en un hub regional de innovación. El discurso de la soberanía tecnológica ha ganado centralidad política y mediática. Pero si algo nos enseñan las últimas dos décadas de modernización fallida es que el entusiasmo no sustituye la ejecución.

La diferencia entre transformación real y espejismo digital no está en la narrativa, sino en la capacidad de convertir políticas en capacidades productivas. Hoy el país tiene más conectividad, más inversión y más titulares que nunca, pero aún no ha construido una arquitectura de soberanía tecnológica capaz de generar conocimiento local, retener talento y crear propiedad intelectual propia.

De la retórica a la estructura

Cuando hablamos de soberanía tecnológica, solemos pensar en infraestructura o en acuerdos internacionales. Sin embargo, la verdadera soberanía no se mide por la cantidad de servidores o memorandos firmados, sino por la densidad institucional y cognitiva de un país: su capacidad para entrenar, diseñar, fabricar y gobernar tecnología bajo sus propios intereses.

En los hechos, todavía operamos bajo una industrialización simbólica, donde imitamos políticas industriales avanzadas sin poseer los fundamentos técnicos ni humanos para sostenerlas. Anunciamos hubs, inauguramos centros y firmamos alianzas, pero la producción de conocimiento, el desarrollo de talento y la generación de patentes siguen prácticamente intactos.

La Estrategia Nacional de Fomento a la Industria de Semiconductores (ENFIS) es un ejemplo claro: una política necesaria que podría transformar el panorama, pero que requiere superar la lógica del anuncio y convertirse en infraestructura cognitiva. Solo una red interconectada entre universidades, empresas y centros de investigación —capaz de producir conocimiento y convertirlo en valor económico— puede garantizar que esta visión no quede en papel.

Experiencias regionales ofrecen lecciones valiosas. Chile, por ejemplo, consolidó su ecosistema de IA y ciencia de datos a través del Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA), que articula universidades, empresas y Estado bajo una gobernanza distribuida. Uruguay, por su parte, logró soberanía digital práctica mediante la Agencia de Gobierno Electrónico (AGESIC), integrando datos públicos y software libre en su infraestructura estatal. Estos modelos demuestran que países con escala económica similar pueden construir independencia tecnológica si priorizan coordinación interinstitucional y métricas de impacto sobre comunicación política.

El talento: nuestro recurso más subestimado

El verdadero desafío de la soberanía tecnológica no es financiero ni técnico, sino humano. Solo el 15% de los graduados dominicanos proviene de carreras STEM, y de ellos, una parte creciente trabaja para empresas extranjeras desde el país. Este fenómeno de fuga de cerebros doméstica erosiona la base del desarrollo local: el talento está, pero no pertenece al ecosistema nacional de innovación.

Una política de soberanía tecnológica debe comenzar por el aula. Es imperativo pasar de la enseñanza técnica fragmentada a una formación orientada al diseño, la investigación aplicada y la propiedad intelectual. El país necesita un fondo nacional competitivo de investigación aplicada en inteligencia artificial y microelectrónica, gestionado con estándares internacionales. Más que crear nuevas instituciones, debemos articular las existentes bajo métricas claras de impacto y rendición de cuentas pública.

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La nueva frontera: soberanía de datos

La soberanía tecnológica se sostiene sobre una capa silenciosa: los datos. Sin datos propios, cualquier modelo de inteligencia artificial es una representación ajena de nuestra realidad. Ningún país puede aspirar a independencia digital si su conocimiento se entrena en información extranjera.

República Dominicana necesita una política de habilitación de datos soberanos que garantice la creación de infraestructura de datos públicos de calidad, la apertura de datasets en sectores estratégicos y la armonización fiscal que incentive la computación en la nube destinada a investigación. Igualmente, urge una entidad que supervise la ética algorítmica y el uso responsable de los datos personales.

Sin esta base, toda estrategia nacional de inteligencia artificial dependerá de plataformas extranjeras y reproducirá sus sesgos culturales, económicos y políticos. La soberanía tecnológica empieza con la soberanía de datos.

La dependencia digital 2.0

La llamada dependencia digital 2.0 describe la nueva forma de subordinación tecnológica: una en la que la infraestructura y los usuarios son locales, pero el conocimiento, las plataformas y los beneficios permanecen en el exterior.

En el contexto dominicano, esta dependencia se manifiesta en tres dimensiones medibles. Primero, la dependencia de software y plataformas extranjeras: más del 95% de los servicios empresariales y gubernamentales en la nube se ejecutan sobre infraestructura foránea. Segundo, la concentración del gasto tecnológico en importaciones: solo el 3% del gasto en software corresponde a productos desarrollados localmente. Y tercero, la transferencia pasiva de valor: se estima que el país consume más de 300 millones de dólares anuales en soluciones de IA importadas, sin retener propiedad intelectual ni generar capacidades endógenas.

Esta forma de dependencia es más sofisticada que la maquila industrial de los años noventa. No se manifiesta en fábricas extranjeras visibles, sino en algoritmos, licencias y contratos invisibles que concentran el poder cognitivo fuera del país.

Para romper esta dinámica, debemos pasar de una economía de adopción a una economía de entrenamiento y diseño, donde la innovación no se limite a integrar herramientas externas, sino a construir conocimiento local con datos, talento y visión propia.

De la dependencia al diseño

Esta transición requiere algo más que políticas sectoriales: exige una cultura institucional capaz de medir resultados, aprender de sus errores y mantener coherencia más allá de los ciclos políticos.

Los esfuerzos dispersos en innovación solo alcanzarán su propósito cuando se transformen en una estrategia unificada con indicadores claros: número de investigadores retenidos, patentes generadas, publicaciones científicas indexadas, startups escalables y proyectos con transferencia de tecnología efectiva.

Estas metas deben anclarse en horizontes temporales realistas: duplicar la tasa anual de patentes locales antes de 2030, retener al menos el 60% del talento STEM formado en el país y alcanzar un mínimo de tres consorcios universidad-empresa con resultados verificables en investigación aplicada en los próximos cinco años.

Estos consorcios deberían operar bajo un modelo de gobernanza tripartita —Estado, academia y sector privado— donde cada actor asuma compromisos medibles: el Estado financia la infraestructura y asegura continuidad presupuestaria; las universidades lideran verdaderamente la producción de conocimiento y formación de talento; y las empresas definen los retos de innovación alineados al mercado. Su éxito sin intervención dependerá de la capacidad para crear mecanismos de transferencia tecnológica efectivos y para traducir la investigación académica en propiedad intelectual comercializable.

Aquí la soberanía tecnológica se revela como un ejercicio de diseño sistémico: diseñar talento, diseñar instituciones, diseñar incentivos y diseñar conocimiento.

Superar esta dinámica no depende solo de reconocer sus causas, sino de traducir el diagnóstico en acción. El desafío ahora es operacionalizar la soberanía tecnológica en políticas, métricas y proyectos medibles que conviertan la aspiración en capacidad real.

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Del espejismo a la ejecución

Cada generación dominicana ha tenido su espejismo de modernidad: las zonas francas, el turismo, las TIC y ahora los chips y la inteligencia artificial. El patrón se repite porque confundimos adopción con innovación y manufactura con soberanía. El riesgo es que, sin ejecución estructurada, la llamada soberanía tecnológica se convierta en un nuevo ciclo de dependencia maquillada de modernidad.

Para evitarlo, necesitamos una voluntad colectiva que trascienda sectores y partidos. El país debe medir su avance no por la cantidad de alianzas firmadas, sino por la cantidad de conocimiento producido, el talento retenido y los datos convertidos en inteligencia.

Implementar esta visión enfrentará resistencias naturales dentro del propio aparato estatal y empresarial. La fragmentación institucional, la competencia por presupuestos y la tendencia a proteger feudos administrativos pueden ralentizar cualquier intento de articulación. Para superarlas, será esencial establecer una autoridad de coordinación tecnológica con mandato legal y autonomía operativa, capaz de integrar agendas dispersas y garantizar continuidad más allá de los ciclos políticos. La soberanía tecnológica requiere no solo recursos, sino gobernanza valiente.

La verdadera independencia tecnológica se diseña, se entrena y se patenta. Solo cuando el conocimiento circule como un bien público, gratuito y productivo, podremos decir que la República Dominicana gobierna su propio destino digital.

El análisis técnico puede abrir puertas, pero la voluntad política debe decidir si las cruza.

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